Kicillof en Madrid, entre los clásicos de la Economía y la disputa por el mundo que se viene

* Por Santiago Caetano

desde Madrid, España.

El pasado jueves, el Ateneo de Madrid fue sede de la presentación de una nueva edición de De Smith a Keynes. Siete lecciones de historia del pensamiento económico, escrito por el economista y actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Si bien al encuentro acudieron mayoritariamente grupos de la diáspora argentina —en particular aquellos articulados en redes de militancia peronista como Argentina Soberana y Argentinos para la Victoria—, también hubo asistentes de otras procedencias. El interés común fue escuchar a uno de los dirigentes más carismáticos de la progresismo argentino, cuyo nombre suena cada vez con más fuerza para disputarle el poder al oficialismo en las elecciones presidenciales del año próximo.

La presentación del libro no fue apenas un acto académico ni una ceremonia editorial. Fue, por sobre todas las cosas, una intervención política sobre el tiempo que vivimos. Kicillof aprovechó la ocasión para cuestionar la formación convencional de los economistas, denunciar la crisis del consenso neoliberal y volver a poner en el centro el debate el lugar que debe ocupar el Estado en tiempos pautados por el retorno del proteccionismo, la disputa geopolítica y el agotamiento del orden liberal surgido tras la Guerra Fría.

“La economía se estudia con manuales”, afirmó, criticando de fondo al modo en que se forma buena parte de la profesión. Según señaló, ese rasgo dice mucho acerca de cómo piensan los economistas, a quién representan, qué políticas recomiendan y de qué lado se ubican. Lo más llamativo, remarcó, es que alguien puede graduarse en Economía sin haber leído directamente a Smith, Ricardo, Marx o Keynes. Ese vacío, lejos de ser anecdótico, expresa una forma de enseñanza que durante décadas buscó presentar al neoliberalismo como una verdad técnica, neutral e indiscutible.

En ese punto, evocó los años de la convertibilidad en Argentina, cuando Domingo Cavallo justificaba la apertura económica, la destrucción industrial y las privatizaciones como si no hubiera alternativa racional posible. Aquel clima ideológico, sostuvo, estaba atravesado por la certeza arrogante de quienes se asumían portadores de una única verdad, la del Consenso de Washington. Sin embargo, ese edificio teórico y político hoy muestra grietas por todos lados.

Kicillof insistió en que la crisis actual del neoliberalismo no proviene solamente de sus críticos históricos ni de las periferias castigadas por sus recetas. Lo que vuelve especialmente elocuente el momento es que el propio corazón del sistema empezó a dinamitar sus viejos dogmas. “Quien está destruyendo ese consenso hoy es EEUU”, sostuvo, aludiendo al giro arancelario y proteccionista impulsado por Donald Trump. Lo que hasta hace poco era denunciado como herejía económica, hoy reaparece desde el centro del poder mundial como instrumento de política concreta.

A partir de allí, el gobernador bonaerense defendió la vigencia de la historia del pensamiento económico como herramienta para leer el presente. No como un museo de ideas muertas, sino como un terreno vivo de disputa entre escuelas, tradiciones y diagnósticos que vuelven a chocar en la actualidad. En su mirada, el problema es que hoy la realidad se acelera a tal velocidad que muchas decisiones se toman antes de que exista un andamiaje teórico capaz de justificarlas. A modo de ejemplo, recordó que suele repetirse que el New Deal se inspiró en Keynes, aunque ese programa comenzó en 1933 y La Teoría General recién apareció en 1936.

Volver a los clásicos, entonces, no sería un gesto nostálgico sino una necesidad intelectual. Para Kicillof, los grandes autores permiten recuperar la enseñanza de que toda teoría está anclada en una coyuntura histórica. Cada autor discute los problemas de su época, interviene en debates concretos y elabora conceptos atravesados por los conflictos de su tiempo. Esa historicidad, sostuvo, desarma la fantasía de una economía pura, exacta y despolitizada.

La actualidad, además, parece confirmar ese regreso de las preguntas fundamentales. Aranceles, política industrial, moneda, valor, salario, ganancia, entre otros, son viejos temas que vuelven al centro de la escena en medio de la reconfiguración geopolítica global. Ya no se trata solo de discutir cómo se fijan ciertas variables, sino de volver a preguntarse qué son, en qué relaciones sociales se inscriben y qué conflictos expresan.

En ese marco, el Estado reapareció como uno de los ejes más fuertes de la exposición. Kicillof rechazó la idea de que mercado y Estado sean esferas separadas o enemigas por naturaleza, definiendo como una “enorme estafa” la promesa de un capitalismo sin Estado. En la experiencia argentina reciente, mientras el discurso libertario promete destruir al Estado, es ese mismo el que garantiza la rentabilidad del negocio financiero, desregula a favor de algunos sectores y sostiene privilegios para intereses específicos.

Desde esa perspectiva, la prédica antiestatal de las extremas derechas aparece menos como una novedad doctrinaria que como una operación ideológica. Kicillof sostuvo que fuera de expresiones “marginales y bizarras”, no existe en el mundo un consenso serio que proponga liquidar al Estado. La discusión real, dijo, pasa por qué Estado se necesita, con qué instrumentos debe intervenir y cómo se lo pone al servicio de las mayorías en una etapa de transformación global.

Ese debate adquiere en América Latina una significación particular. En una región marcada por una inserción tardía y subordinada en el mercado mundial, recuperar tradiciones como la Teoría de la Dependencia no es un capricho intelectual, sino un punto de partida para repensar los problemas estructurales del presente. En referencia a ello, Kicillof se refirió a la situación latinoamericana, la crisis de la arquitectura internacional surgida de Bretton Woods y la incertidumbre cada vez mayor sobre el tipo de orden mundial que se está configurando.

“Hay un mundo que terminó”, resumió. Lo que se desarma es la hegemonía unipolar estadounidense consolidada tras la caída del Muro de Berlín, mientras que el mundo multipolar emergente todavía no termina de definirse. Lo que sí resulta evidente, sugirió, es que EEUU parece dispuesto a desconocer las reglas que alguna vez impuso cuando esas mismas reglas dejaron de garantizarle una primacía indiscutida.

De allí la urgencia política del presente. “Si una sociedad no planifica, termina formando parte del plan de otro”, advirtió. Cuando uno pierde instrumentos para pensar, proyectar y decidir de manera independiente, también pierde capacidad para evaluar el lugar al que lo están empujando. En esa encrucijada, ni la nostalgia por el viejo orden ni la repetición de recetas agotadas ofrecen una salida.

En su histórica posición de periferia, “América Latina ya escuchó demasiadas promesas de desarrollo, riqueza y bienestar que terminaron en desindustrialización, exclusión y deterioro social”, aseveró. En un escenario mundial todavía abierto, el desafío no pasa por aferrarse a modelos teóricos de otros tiempos, si no tomarlos como referencia para producir nuevas ideas, nuevas herramientas y, sobre todo, nutrir una renovada reflexión geopolítica en clave regional para, como afirmara en su momento Alberto Methol Ferré, dejar de ser coro de la historia.

Compartilhar

pt_BRPortuguese