Trump y Xi reabren el diálogo en Beijing con las grandes corporaciones de fondo

Trump y Xi iniciaron en Beijing una cumbre clave para destrabar tensiones comerciales, energéticas y tecnológicas entre EEUU y China.

Con una puesta en escena cargada de simbolismo, Donald Trump y Xi Jinping dieron inicio este jueves a su cumbre en el Gran Salón del Pueblo. La recepción incluyó un saludo cálido en el aeropuerto, niños agitando banderas y un tono inicial marcado por elogios recíprocos. Es la primera visita de un presidente estadounidense a China en ocho años, en medio de tensiones comerciales, disputas tecnológicas y la necesidad de recomponer canales políticos entre Washington y Beijing.

Desde el primer intercambio, el inquilino de la Casa Blanca buscó instalar un clima de cercanía con su par chino. «Usted y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Es la relación más larga que haya tenido cualquier presidente de nuestros dos países, y es un honor para mí», declaró Trump, tras agradecer la recepción ofrecida por las autoridades chinas.

En lugar de recurrir al registro confrontativo que dominó buena parte de la política estadounidense hacia China durante los últimos años, Trump reivindicó los momentos de cooperación bilateral de su gestión y sostuvo que ambos líderes siempre lograron encauzar las diferencias mediante el contacto directo. «Cuando había dificultades las resolvimos: yo le llamaba a usted y usted me llamaba a mí», afirmó, antes de asegurar: «Vamos a tener un futuro fantástico juntos».

Como gesto político de alto impacto, el presidente estadounidense calificó a Xi Jinping como «un gran líder» y buscó desmarcarse de los sectores más duros de Washington al añadir: «A veces a la gente no le gusta que diga eso, pero lo digo de todas formas porque es verdad». La frase funcionó como una señal de distensión hacia Beijing y como un mensaje interno frente a quienes promueven una línea de confrontación permanente.

Más allá del plano diplomático, la visita exhibe una dimensión económica de enorme magnitud. Trump llegó a Beijing acompañado por una delegación de peso del capitalismo estadounidense, integrada por los presidentes ejecutivos de Apple, Nvidia, Tesla, Meta, BlackRock, Boeing, Visa, Mastercard, Goldman Sachs y Citi, entre otras compañías tecnológicas y financieras. El valor combinado estimado de las empresas cotizadas presentes supera los 12 billones de dólares, una cifra que expone la escala de los intereses en juego.

Bajo esa lógica, el mandatario estadounidense dejó en claro que la apertura de nuevas oportunidades comerciales ocupa un lugar central en la agenda. «Se lo pedimos a los top-30 del mundo. Todos y cada uno de ellos dijeron que sí, y yo no quería al segundo o al tercero de la empresa. Solo quería a los mejores. Y hoy están aquí para transmitirle respeto a usted y a China», indicó Trump, en una declaración orientada a subrayar el respaldo corporativo a su estrategia de acercamiento.

Con la cumbre prevista hasta el viernes 15 de mayo, ambos gobiernos podrían avanzar en la creación de una Junta de Comercio bilateral destinada a procesar las diferencias arancelarias y contener nuevas escaladas de la guerra comercial. La agenda, no obstante, llega condicionada por el conflicto en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, que dispararon los precios de la energía y mantienen varados cargueros con petróleo y gas, un problema que afecta a Estados Unidos y que podría empujar a Washington a buscar algún nivel de coordinación con China.

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