La geopolítica de Honduras vista desde Washington: una república portaviones

La ubicación estratégica de Honduras la ha convertido en una pieza relevante de la proyección militar y política de Estados Unidos en Centroamérica. Desde la presencia estadounidense en Soto Cano hasta las disputas por las ZEDE y el acercamiento diplomático a China, este análisis examina las tensiones entre dependencia, intereses geopolíticos y soberanía nacional.

Quien haya leído a Quevedo, y no únicamente al Quevedo reducido a las antologías escolares, sino al escritor que supo mirar con lucidez la brevedad de la vida, el esfuerzo humano y la distancia que suele existir entre ambos, entenderá que contemplar el mapa de América Central también obliga a preguntarse cuánto han podido decidir por sí mismas estas repúblicas.

La región arrastra una larga historia de presiones externas, tutelas y soberanías condicionadas. Cada país, sin embargo, ha respondido de manera distinta. Nicaragua, por ejemplo, ha seguido una trayectoria considerablemente más independiente frente a Washington. Honduras, en cambio, representa uno de los casos más claros de subordinación política, militar y geopolítica de la región.

Y ahí aparece el verdadero problema hondureño. Una cosa es vivir bajo la presión de una gran potencia; otra, mucho más grave, es terminar aceptando esa presión como algo natural y convertirla en una condición habitual del poder. Honduras no ha defendido siempre su margen de decisión con la firmeza que cabría esperar de una república soberana. Demasiadas veces ha terminado aceptando que otros decidan por ella.

Esa es la cuestión que conviene mirar de frente: no solo cuánto poder externo ha ejercido influencia sobre Honduras, sino cuánto de esa influencia ha sido aceptado desde el propio país.

Pero no nos desviemos. Usted, lector, ha oído hablar de Honduras como se oye hablar de un primo lejano que vive en el arrabal: de pasada, con una mezcla de lástima y hastío. Algunos la confunden con Guatemala; otros, más audaces, la ubican “por ahí, en Centroamérica”, entre el mar y la selva, como quien ubica una muela podrida en la mandíbula de un mendigo. Pues bien, le diré algo que le perturbará el sueño: para el ánglo aquel ánglo, criatura antigua y astuta que desde Washington contempla el hemisferio como un tablero de ajedrez donde todas las piezas son de su propiedad Honduras pues no es una república. No es un país. Resulta algo mucho más precioso y mucho más execrable: un portaaviones que no se hunde, porque no navega. Está anclado a la tierra firme, inundable pero inexpugnable, y desde su cubierta de selva y montaña el imperio del norte vigila, apunta, espera.

¿Acaso alguien con dos dedos de frente cree que los estadounidenses mantienen en Palmerola aquel pueblo de Comayagua donde el polvo se mezcla con el asfalto militar una base por caridad? ¿No resulta conmovedora la fe ingenua en el progreso que nos hace creer que los C-5 Galaxy, tales monstruos alados capaces de transportar tanques y misiles, aterrizan en Soto Cano para repartir medicinas y sonrisas? Vaya, pues le diré la verdad, y que le pese: la Fuerza de Tarea Conjunta Bravo aquel batallón de más de quinientos militares estadounidenses y otros tantos civiles que pululan por la base como parásitos en un cuerpo ya débil es el ojo que todo lo ve, la garra que todo lo agarra, y el puño que todo lo golpea. Desde allí, desde aquella pista de aterrizaje que comparte ¡oh ironía execrable! su espacio con el Aeropuerto Internacional de Comayagua, como si la soberanía civil y la ocupación militar fueran dos hermanas siamesas condenadas a compartir el mismo corazón moribundo, los gringos pueden proyectar su poder hacia cualquier rincón del continente en cuestión de horas. Un C-5 Galaxy descargando UH-60 Black Hawk en 2024; un CH-47 Chinook preparándose en junio de 2026 para “ayudar” a Venezuela tras un terremoto, una supuesta ayuda que huele a reconocimiento, a inteligencia, a preparación del terreno. ¿No resulta acaso la más pura expresión de aquel mare nostrum que los romanos reclamaban para sí, pero ahora traducido al inglés de los marines y al español de los pueblos sometidos?

Pero volvamos a la podredumbre que nos ocupa. Honduras no es solo una base; es una estructura de sumisión construida ladrillo a ladrillo durante décadas, como quien levanta un mausoleo sobre un cadáver que aún respira. En los años ochenta, cuando Reagan soñaba con la contrarrevolución nicaragüense como un niño soñaría con un soldado de plomo, Soto Cano fue el vientre de la CIA. Allí entrenó Oliver North a sus contras, allí se fraguaron las operaciones que desangraron a Nicaragua, allí se demostró que Honduras no era un aliado sino un apéndice: una prótesis militar que el cuerpo del imperio insertaba y retiraba a voluntad. Y cuando en 2009 el presidente Zelaya aquel hombre que cometió la herejía de acercarse a Chávez y a la ALBA fue secuestrado por sus propios militares y expulsado en pijama, ¿acaso alguien dudó de quién movía los hilos? El ejército hondureño, aquella castración de fuerzas armadas que no hace nada sin el permiso de Washington, utilizó Soto Cano aquel fatídico 28 de junio. Los documentos desclasificados lo confirman: el Pentágono sabía. Siempre sabe. Siempre sabe porque siempre manda.

Y sin embargo oh paradoja de la historia, oh burla de los dioses, el pueblo hondureño, o lo que queda de él, sigue creyendo que vive en una república. Sigue creyendo que tener un embajador en Suiza rascándose las hemorroides diplomáticas equivale a hacer política exterior. Sigue creyendo que poner radares extranjeros para vigilar su propio cielo es un acto de modernidad, y no lo que realmente es: la confesión pública de una impotencia territorial que raya en lo eunucoide. ¿En qué cabeza cabe, digo yo, que un país necesite permiso ajeno para ver lo que ocurre en su propio firmamento? ¿Acaso el ciego que pide a otro que le describa el sol puede pretender que es dueño del día?

Pero no nos desviemos. Usted, lector culto, habrá oído hablar de las ZEDE: aquellas Zonas Económicas de Desarrollo y Empleo que son, en realidad, la más descarada confesión de que la soberanía hondureña se vende al mejor postor. Imagine usted un pedazo de su propia casa digamos, el jardín donde entra un capitalista bananero de riesgo de Silicon Valley, financiado por Peter Thiel y Marc Andreessen, y declara que allí no rige la ley del Estado sino un tribunal autónomo con common law anglosajona, policía privada, exención fiscal y “residencia electrónica” para paraísos fiscales virtuales. Imagine que tal pedazo de su casa se convierte en una república corporativa donde usted, el dueño original, es un intruso. Lo anterior fue Próspera, en Roatán. Tal situación perduró hasta que en 2022 el Congreso hondureño en un arranque de dignidad que duró lo que dura un estornudo derogó las ZEDE, y la Corte Suprema, en septiembre de 2024, las declaró inconstitucionales. ¿Y qué creyó usted que ocurrió entonces? ¿Que Washington aplaudió? No, señor. Próspera advirtió con la desfachatez del ladrón que se queja de que le robaron la pistola que la decisión podría provocar “la cancelación de visas, la suspensión de ayudas e incluso la interrupción del flujo de remesas”. Ahí lo tiene: la geopolítica del chantaje. La geopolítica de la anestesia financiera. Porque las remesas aquel opio del pueblo hondureño que representa más del veinticinco por ciento del PIB no son ayuda; son una cadena de oro que mantiene al perro domesticado sin necesidad de ponerle bozal.

Y hablando de bozales: la migración. Ah, la migración, aquel éxodo moderno que los profetas de la corrección política llaman “fenómeno social” pero que Washington utiliza como arma de presión. Honduras no es solo un portaaviones; es un filtro, un tamiz, una membrana semipermeable por donde se cuelan o se retienen los cuerpos que el imperio del norte no quiere ver en su frontera. La migración es el látigo y el pan: el látigo cuando Washington quiere castigar a un gobierno que se le antoja desobediente, y el pan cuando quiere mantenerlo sumiso mediante la promesa de que no cerrará la válvula del dinero que fluye desde el norte. Resulta, en suma, una forma de gobierno a distancia: gobernar Honduras sin tener que gobernarla, administrar su miseria desde la comodidad del Capitolio.

Pero aquí viene el giro, lector, el momento en que la tragedia se vuelve interesante. En marzo de 2023 fecha que debería estar grabada en bronce en la memoria de cualquier hondureño que pretenda entender su país el gobierno de Xiomara Castro rompió relaciones con Taiwán y reconoció a la República Popular China. ¿Y por qué importa tal cosa, dirá usted? Pues porque durante décadas el reconocimiento de Taiwán fue el sello de lealtad, la marca de ganado con que Washington identificaba a sus vasallos centroamericanos. Nicaragua ya había traicionado dicho pacto en 2021; Honduras lo siguió en 2023. Y tal hecho, para el ánglo, no es un cambio diplomático: es una muela que se le cae de la mandíbula hemisférica. China construye ahora su embajada en Tegucigalpa, firma acuerdos de cooperación, y el Caribe aquel mare nostrum que Washington creía intocable empieza a mostrar grietas por donde se cuela el dragón oriental. No es que China vaya a convertir a Honduras en una base militar; no hace falta. Con que Puerto Cortés aquel puerto más grande de Centroamérica, capaz de recibir buques de carga intermodal y militares deje entrar de vez en cuando un barco con bandera roja y estrellas amarillas, ya es suficiente para que el Comando Sur pierda el sueño.

Y es que Puerto Cortés, tal ombligo marítimo que usted apenas nombra en los mapas, es la razón por la cual Honduras sigue siendo importante aun cuando su economía sea un desastre y su política una farsa. Desde allí pueden desembarcar tonelajes de equipo militar, desde allí puede proyectarse el poder hacia el Pacífico o hacia el Caribe, desde allí puede rodearse, asfixiarse, estrangularse a quien se le antoje a quien pague la factura. En Afganistán había once bases militares estadounidenses; en Honduras, nueve. Nueve. ¿Lo ha leído bien? Nueve instalaciones donde la bota extranjera pisa suelo que debería ser sagrado para quienes nacieron en él. Y ahora, en junio de 2026, el secretario de Defensa hondureño anuncia con júbilo, ¡con júbilo, lector, como quien anuncia una boda y no una violación! que “vamos por buen camino para poder asegurar que el ejército de Estados Unidos pueda realizar operaciones” en suelo hondureño, bajo el pretexto de una “Coalición Anticárteles” que no es sino la guerra contra el comunismo de los ochenta, pero con otro disfraz y el mismo objetivo: la ocupación disimulada, la base permanente, el control territorial.

¿Y qué hacen los ministros hondureños mientras tanto? Pues atacan a Bukele en Twitter, se creen que insultar al presidente salvadoreño es un acto de soberanía, y mientras tanto venden la ENEE, nuestro patrimonio energético de la nación por un puñado de visas. Tal cosa no es política exterior; resulta el delirio de un enfermo que se cree sano. Defender la integridad territorial no es tirarle estiércol a un vecino en redes sociales; es sacar de Roatán a aquellos tecnofeudalistas que pretendieron parcelar la soberanía, es mantener la energía eléctrica como obra pública y no como botín de embajadas, es exigir con el denuedo de quien sabe que la tierra que pisa tiene dueño que los radares que vigilan el cielo hondureño sean operados por manos hondureñas.

Pero ya sé lo que dirán los ilusionados, aquellos de la izquierdita hondureña que creen entender de geoestrategia porque leyeron un panfleto viejo en la universidad o creen que los democratas cambiaran esto. Dirán que exagero, que soy un pesimista, que el mundo ha cambiado. Pues bien, que lean los documentos del Comando Sur, tales “documentos gigantescos” como usted, lector, bien sabe que existen donde se explica con la frialdad de un cirujano militar por qué Honduras es indispensable para la seguridad del hemisferio. Que lean las Posture Statements anuales donde cada comandante de SOUTHCOM declara ante el Congreso que Centroamérica es “el patio trasero” y que la presencia en Soto Cano es “esencial”. Que lean el informe del GAO de 1995, donde ya se preguntaban si valía la pena gastar veintidós millones de dólares al año en aquella base, y la respuesta del Pentágono fue clara: la necesitamos porque Panamá se nos escapa, y Honduras es la única puerta que nos queda abierta en el istmo.

Y Brasil, dirán. ¿Y qué hay de Brasil? Pues Brasil es el elefante que Washington mira con recelo: no porque sea agresivo Brasil no ha sido una potencia beligerante, sino porque tiene una política exterior propia, porque es miembro del BRICS, porque busca independencia monetaria, porque no se arrodilla. Y desde Soto Cano, desde aquel portaaviones terrestre que es Honduras, un avión de carga estratégico puede alcanzar Brasilia en medio día. No es ninguna amenaza hueca; es un cálculo siniestro. Es la matemática del poder: la distancia se mide en horas de vuelo, y Honduras reduce tales horas a la mínima expresión. Nicaragua, Cuba, Venezuela: todos son “anclas” que pesa el imperio, obstáculos que debe rodear, asfixiar, joder como jodieron a Venezuela a principios de año con la Operación Lanza del Sur hasta que el régimen se desplome o se venda.

¿Y los recursos? Ah, los recursos, la otra cara del tablero. Honduras tiene agua por 9.09 kilómetros cúbicos de agua subterránea renovable, la mayoría en la cuenca del Atlántico y genera más del cincuenta por ciento de su electricidad con fuentes renovables. Tiene oro, plata, zinc, plomo. No tiene litio ni tierras raras, es cierto; no es Bolivia ni Chile. Pero tiene algo más valioso: ubicación. Y en geopolítica, la ubicación es el recurso que no se agota, la mina que no se vacía, el cuerpo que no se cansa de ser usado.

Así que ahí lo tiene, lector. Honduras no es una república bananera; tal calificación sería insultar a los plátanos, que al menos sirven para alimentar. Honduras es un mueble de alquiler, un territorio-estrategia, una pieza de ajedrez que se mueve sola porque le han implantado el chip de la sumisión. No tiene política exterior porque no la necesita: su política exterior la hacen otros, desde Washington, desde Soto Cano, desde las embajadas que llaman por teléfono y venden empresas estatales por unas visas. No tiene soberanía porque ha aprendido con la docilidad del esclavo que agradece la cadena que la soberanía cuesta, y cuesta sangre, y cuesta dignidad, y es más fácil poner radares extranjeros en el cielo propio que construir los propios.

Pero no nos desviemos. Usted me ha pedido una probadita, y yo le he servido el plato completo, aunque sé porque la historia me ha enseñado que quienes más necesitan leer esto son los que menos lo harán. Los ilusionados seguirán con su ilusión, los arrastrados seguirán soñando que atacar a Bukele es geopolítica, y los tecnofeudalistas seguirán buscando otra Roatán donde plantar su bandera de common law y paraísos fiscales.

Y Honduras, el portaaviones que no navega, seguirá allí, anclado entre dos océanos, vigilando el Caribe como un perro de guardia que no sabe para quién ladra, esperando la próxima orden desde el norte, la próxima base, la próxima operación, la próxima traición vestida de ayuda humanitaria.

El progreso, decía Quevedo, es una rueda que gira, pero no avanza. En Honduras, tal rueda no gira: está clavada en el barro de Palmerola, y quienes deberían empujarla están ocupados pidiendo visas.

Quien niega su propio suelo, termina siendo tierra de nadie.

Fuentes:

  1. Ficha oficial de Soto Cano Air Base – U.S. Southern Command (SOUTHCOM)
  2. Información oficial del Aeropuerto Internacional de Palmerola – AIP
  3. Nota de prensa sobre entrega de Black Hawks (2024) – U.S. Southern Command
  4. Nota de prensa sobre despliegue de Chinook (junio 2026) – U.S. Southern Command
  5. Nota sobre modernización de helicópteros – U.S. Army South
  6. Noticia sobre operaciones de combate en Honduras (junio 2026) – Agencia EFE / La Prensa (Honduras)
  7. Informe sobre ZEDE Próspera y condena de la ONU (2022) – Democracy Now / International Service for Human Rights
  8. Noticia sobre declaración de inconstitucionalidad de las ZEDE (septiembre 2024) – La Prensa (Honduras)
  9. Noticia sobre establecimiento de relaciones diplomáticas con China (marzo 2023) – El País
  10. Noticia sobre ruptura de lazos con Taiwán (marzo 2023) – Reuters
  11. Artículo sobre uso de Soto Cano por la Contra (1988) – Revista Envío / El Heraldo
  12. Análisis sobre el golpe de 2009 y el rol de EE.UU. – El Heraldo (Honduras)
  13. Informe del GAO sobre Soto Cano como opción tras el retiro de Panamá (1995) – U.S. General Accounting Office
  14. Command Strategy 2018 – USSOUTHCOM
  15. Datos de agua subterránea renovable en Honduras – FAO (AQUASTAT)
  16. Perfil energético de Honduras – Agencia Internacional de Energía (IEA)
  17. Datos macroeconómicos sobre remesas (2023-2024) – Banco Mundial
  18. Datos sobre Puerto Cortés – Empresa Nacional Portuaria / CEPAL
  19. Comunicados de prensa sobre la Operación Lanza del Sur (enero 2026) – U.S. Southern Command
Autor(a)

Sociólogo hondureño, analista internacional y articulista. Su trabajo aborda la geopolítica, las relaciones internacionales y las transformaciones del orden mundial, con especial atención a Honduras, Centroamérica y América Latina. Ha publicado artículos en medios de diversos países, en español, portugués, inglés y ruso.