Brasil: dos proyectos con consecuencias para toda América Latina

Desde la relación con Estados Unidos hasta el Mercosur, los BRICS y la agenda climática, el balotaje brasileño concentra tensiones que exceden sus fronteras.

A las elecciones del domingo 4 de octubre de 2026 en Brasil podemos leerla dentro del país como una disputa entre dos proyectos, pero desde el resto de Latinoamérica y del Sur Global podemos leerla como algo más amplio: un duelo sobre cuánta autonomía puede ejercer una potencia media del mundo en un sistema internacional cada vez más presionado por las grandes potencias. Flávio Bolsonaro obtuvo alrededor del 47% y Lula alrededor del 45%, así que el 25 de octubre se decide la presidencia en segunda vuelta. Lo que se juega ese día excede las fronteras brasileñas.

Brasil un peso pesado

Se dice que Brasil concentra cerca de la mitad del PBI y de la población de Sudamérica. Una victoria de Lula mantendría a Brasil, junto a México, como el gran fuerte del progresismo o del centro izquierda regional, mientras que un triunfo de Flávio Bolsonaro lo sumaría a la ola de las nuevas derechas. Esa ola no es menor ya que en los últimos años llegaron a ocupar la jefatura de Estado Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz en Bolivia y, más recientemente, Abelardo de la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú. Por eso el segundo puesto de Lula en la primera vuelta se sigue con atención en Buenos Aires, Santiago de Chile, Bogotá y Ciudad de México. Si Brasil cambia de signo, el mapa político de la subregión muy posiblemente cambie con él.

Hay además una tradición histórica. Brasil fue pionero del último ciclo de estas nuevas derechas en la región cuando eligió a Jair Bolsonaro en 2018 y percibimos que ese resultado fortaleció a otros líderes afines, como Milei. Brasil suele marcar el latido y a veces la reproducción de lo que sucede en su vecindario.

Una elección con olor a injerencia externa

Esta campaña tiene como rasgo particular el protagonismo de la administración Trump. Las tensiones entre Trump y Lula empezaron el año pasado cuando Estados Unidos impuso aranceles punitivos a Brasil en represalia por el juicio por intento de golpe de estado contra Jair Bolsonaro hoy condenado a 27 años de cárcel. Lula, por su parte, llegó a sostener que Estados Unidos “intentará interferir” en favor de Flávio Bolsonaro, y denunció que esa estrategia busca que Latinoamérica vuelva a ser el patio trasero de Estados Unidos.

Maticemos el cuadro. Trump recibió a Lula en Washington y también se reunió con Flávio Bolsonaro, a quien elogió públicamente, y percibimos que la reanudación del diálogo Trump-Lula fue lo que calmó los ánimos. Lo que observamos, por lo tanto, es una relación ambivalente y no una hostilidad lineal. Aun así, la narrativa de la soberanía ocupa un lugar primordial, y desde una visión latinoamericana tiene resonancias profundas, pues la memoria de intervenciones, golpes de estado y condicionamientos externos hace que cualquier señal de preferencia extranjera en una elección se perciba con sensibilidad especial.

Tengamos en cuenta un efecto posible antes de la votación: Lula podría beneficiarse de la reacción nacionalista que provoquen las actuaciones de Trump y Milei. El resultado de la primera vuelta electoral muestra que esa reacción, si existió, no alcanzó para ubicarlo primero el pasado domingo. Quienes defienden a Flávio podrían responder, con razón, que reducir su votación a un mero títere trumpista subestima un voto propio, interno y arraigado.

Mercosur, BRICS y el multilateralismo otra vez

La política exterior es quizá el terreno donde más se juega para el Sur Global. Brasil es un actor clave en los BRICS -el bloque al que Argentina presidida por Milei decidió retirarse- y en el Mercosur, que según Lula acaba de cerrar un acuerdo histórico con la Unión Europea. Lula calificó como un ataque al interés del pueblo brasileño que Flávio Bolsonaro defienda el fin del Mercosur. Es una afirmación de campaña y debe leerse como tal, pero señala un eje real: la tensión entre un regionalismo que busca negociar en bloque y una derecha que prefiere alianzas bilaterales, en particular con Estados Unidos.

Milei visitó Brasil para respaldar a Flávio Bolsonaro, un gesto poco habitual entre presidentes, y acusó a Lula de contaminar la región con el comunismo. Esa escena resume el choque de dos concepciones de la unidad e integración: una, la cooperación entre Estados con proyectos propios. Otra, la alineación con una potencia hemisférica a cambio de protección comercial, económica y política.

Clima y Amazonas

Para el Sur Global hay otra dimensión que rara vez ocupa los titulares electorales: la ambiental. Brasil custodia la mayor parte del Amazonas y es un interlocutor importante en cualquier conversación y negociación climática. Flávio Bolsonaro evitó atribuir el calentamiento global a la acción humana. Esa ambigüedad preocupa a quienes ven en el Amazonas un bien global que además sostiene el régimen de lluvias de buena parte del continente. Sus aliados argumentarían, desde otra lógica, que los países en desarrollo no deberían cargar solos con los costos de la conservación mientras las economías ricas no cumplen sus compromisos de financiamiento. El debate de la justicia climática es legítimo desde ambos lados y su resolución dependerá en parte de quién gobierne Brasil.

Polarización en democracia y en la región

Las elecciones de este año en Colombia y Perú también estuvieron marcadas por resultados estrechos y fuerte polarización, y podemos pensar que Brasil empieza a parecerse a esos escenarios. La política latinoamericana entró en una fase donde ninguna fuerza consigue mayorías holgadas y la elección se define por pocos puntos y por el rechazo al contrincante más que por la adhesión a un proyecto.

Esto nos lleva a plantear una pregunta de fondo para toda la región: ¿cómo sostener instituciones legítimas cuando la mitad del electorado percibe al otro bando como una amenaza? Brasil tiene una respuesta parcial en el funcionamiento sin sobresaltos de su sistema electoral esta semana, pero la prueba real vendrá si el resultado del 25 de octubre es ajustado o no.

En conclusión, viéndolo desde el Sur Global, la segunda vuelta brasileña es un termómetro de varias tensiones simultáneas: entre autonomía y alineamiento, entre unidad e integración regional y bilateralismo, entre reformismo y conservadurismo, entre democracia y polarización. Ninguna de las dos opciones agota las preguntas. Lula encarna la apuesta por un liderazgo regional y un multilateralismo plural, aunque llega con el desgaste de casi ochenta y un años de vida y lo que va de este gobierno. Flávio Bolsonaro representa una derecha, o expresa las demandas de esta, que promete orden y un reacomodo en alianzas con el respaldo de un electorado amplio que ya demostró su fuerza el cuatro de octubre en las urnas. Lo que decidan los brasileños tendrá consecuencias para el resto del continente, que, aunque no vota, observa con atención.

Autor(a)

Profesor en Filosofía y Magíster en Relaciones internacionales. Realiza análisis de asuntos internacionales con perspectiva sociopolítica.