En el marco del Coloquio Patria, Bruno Lonatti expuso sobre la guerra cognitiva como una de las formas más sofisticadas de intervención contemporánea. Sobre ello, se trata de una disputa que ya no se libra solamente con tropas, misiles o sanciones, sino también sobre la percepción, las emociones y la capacidad de las sociedades para distinguir entre información, manipulación y propaganda. En ese marco, la OTAN aparece no solo como una alianza militar tradicional, sino como un actor que ha incorporado la dimensión comunicacional, cultural y psicológica al centro de sus estrategias de poder. La batalla por el sentido se vuelve así un frente decisivo en la reorganización del orden mundial.
Desde esta perspectiva, la guerra cognitiva busca modelar subjetividades, desarticular consensos sociales y condicionar la lectura pública de los conflictos internacionales. No se trata únicamente de instalar narrativas favorables a Occidente, sino de erosionar la legitimidad de proyectos soberanos, sembrar confusión y naturalizar agendas geopolíticas que de otro modo encontrarían mayor resistencia. El terreno de disputa ya no es solo el territorio físico, sino también la conciencia colectiva, los imaginarios sociales y los marcos desde los cuales las mayorías interpretan la realidad.
Ese fenómeno adquiere un cariz todavía más preocupante bajo el gobierno de Donald Trump, cuya lógica política profundizó la degradación del debate público y convirtió la desinformación, la provocación permanente y la polarización extrema en instrumentos cotidianos de gobierno. Lejos de representar una anomalía aislada, el trumpismo puede ser leído como una expresión brutal de esta época: un poder que explota el caos informativo, banaliza la verdad y alimenta climas de confrontación interna funcionales a una estrategia más amplia de disciplinamiento social. En lugar de fortalecer una ciudadanía crítica, ese modelo promueve audiencias fragmentadas, emocionalmente saturadas y cada vez más vulnerables a operaciones de influencia.
Frente a este escenario, la reflexión de Lonatti invita a pensar que la defensa de la soberanía ya no pasa solamente por la capacidad militar o económica de los Estados, sino también por la construcción de una ecología informativa democrática, plural y consciente. Si la guerra cognitiva convierte a la mente humana en un objetivo estratégico, la respuesta no puede ser la resignación ni el cinismo, sino una disputa activa por la verdad, el pensamiento crítico y la capacidad de los pueblos para nombrar por sí mismos lo que ocurre. La pregunta de fondo es tan urgente como incómoda: ¿qué margen real de libertad queda cuando las conciencias también han sido militarizadas?




























