Cuando los datos no convencen: el fracaso silencioso de la comunicación económica

*Por Helios Ruiz

Presidente de la Asociación de consultores Estrategas e Investigadores Políticos – ACEIPOL

Uno de los fenómenos más complejos y menos comprendidos de la política actual en América Latina es este: los datos pueden mejorar y, aun así, los gobiernos perder la conversación pública.

A primera vista, parece una contradicción. Si los indicadores económicos avanzan, si la inflación se desacelera o si hay señales de estabilidad, lo lógico sería que la percepción ciudadana también mejorara. Pero eso no siempre ocurre y cuando no ocurre, el problema deja de ser económico y se vuelve político, pero sobre todo, comunicacional.

El caso reciente de Argentina ilustra con claridad esta tensión: El gobierno de Javier Milei ha logrado, según distintos análisis, una desaceleración relevante en la inflación, proyecciones recientes ubican el cierre de 2026 en torno al 30%, lo que representaría el nivel más bajo en casi una década. Desde una lógica técnica, este es un dato importante, es una señal de estabilización en un país históricamente marcado por la volatilidad.

Pero ese no es el único dato disponible, al mismo tiempo, distintos reportes muestran que la presión sobre los hogares se ha intensificado. La morosidad en préstamos familiares ha crecido de manera significativa, el costo de los servicios básicos ha aumentado y el poder adquisitivo sigue resentido. La vida cotidiana, en muchos casos, no refleja el alivio que los indicadores sugieren.

Ahí es donde aparece el problema central: la coexistencia de dos realidades: Una realidad macroeconómica que mejora, pero otra realidad cotidiana que sigue siendo difícil. Cuando esas dos dimensiones no se alinean, la comunicación económica entra en crisis.

Porque la ciudadanía no evalúa gobiernos en función de gráficos o promedios. Evalúa en función de su experiencia diaria. Si el discurso oficial insiste en que “todo está mejorando”, pero la gente no lo percibe así, se genera una desconexión y esa desconexión es peligrosa.

No porque implique necesariamente que el gobierno esté equivocado, sino porque implica que no está logrando traducir su realidad en un lenguaje que la ciudadanía pueda comprender, aceptar o sentir como propio.

Ese es el fracaso silencioso de la comunicación económica, silencioso porque no genera un quiebre inmediato, pero profundo porque erosiona la credibilidad de forma constante.

Este fenómeno no es exclusivo de Argentina, en toda la región, el bajo crecimiento (como lo ha señalado el Banco Mundial) limita la capacidad de los gobiernos para generar mejoras visibles en el corto plazo. En ese contexto, incluso avances técnicos pueden quedar opacados por la percepción de estancamiento.

Y aquí es donde muchos gobiernos cometen el mismo error: confundir información con comunicación.

Informar es presentar cifras, comunicar es generar sentido.

Un gobierno puede informar que la inflación bajó, que el déficit se redujo o que la inversión creció. Pero si no logra explicar cómo esos cambios impactan o impactarán en la vida de la gente, el mensaje queda incompleto.

La comunicación económica no puede limitarse a los datos, debe construir un puente entre la macroeconomía y la experiencia cotidiana. Ese puente requiere tres elementos fundamentales.

El primero es traducción: La economía suele expresarse en términos técnicos: porcentajes, índices, proyecciones. Pero la ciudadanía no vive en ese lenguaje. Vive en decisiones concretas: qué puede comprar, qué puede pagar, qué puede planear. Traducir significa convertir lo complejo en comprensible.

El segundo es contexto: Un dato aislado puede ser engañoso. Decir que la inflación bajó es importante, pero también lo es explicar de dónde viene, qué costo implicó y cuánto falta para que ese cambio se sienta en el día a día.

El tercero es empatía: Quizá el elemento más subestimado. Reconocer que, aunque los indicadores mejoren, muchas personas siguen enfrentando dificultades. Ese reconocimiento no debilita al gobierno; al contrario, lo acerca a la ciudadanía.

Sin estos tres elementos, la comunicación económica se vuelve un ejercicio frío, distante y poco efectivo, entonces cuando la comunicación falla, el problema se amplifica, porque en política, la percepción no solo acompaña la realidad, si no que la moldea.

Un gobierno que no logra convencer de sus avances pierde capacidad de liderazgo. le cuesta impulsar reformas, sostener decisiones difíciles y construir mayorías, incluso puede enfrentar rechazo a medidas que, en otro contexto, serían aceptadas.

La consecuencia es clara: los datos, por sí solos, no garantizan legitimidad.

La legitimidad se construye cuando esos datos tienen sentido para la gente.

Por eso, el desafío para los gobiernos en América Latina no es solo mejorar los indicadores económicos. Es lograr que esos indicadores se traduzcan en una narrativa comprensible, creíble y conectada con la experiencia social.

Esto implica cambiar la lógica de comunicación.

  • Dejar de hablar solo de logros y empezar a hablar de procesos.
  • Dejar de presentar cifras aisladas y empezar a construir historias completas.
  • Dejar de asumir que la gente entiende y empezar a explicar como si no lo hiciera.

En un entorno donde la ciudadanía es cada vez más crítica y menos tolerante a discursos vacíos, la comunicación económica se vuelve una herramienta central de gobierno.

No como propaganda, sino como construcción de sentido, porque al final, la política no se define por lo que muestran los indicadores, se define por lo que la gente cree que esos indicadores significan para su vida y hoy, en América Latina, esa interpretación está en disputa.

Quien logre dominarla no solo tendrá mejores números, tendrá algo mucho más importante: la capacidad de sostener el poder.

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