A pocos días de las elecciones generales, Bolivia se encuentra en un momento decisivo. Las encuestas muestran un empate técnico entre Samuel Doria Medina y Jorge “Tuto” Quiroga, dos representantes de la derecha tradicional que, a pesar de sus matices, comparten un programa económico alineado con recetas neoliberales ya conocidas: privatizaciones, apertura irrestricta a capitales extranjeros y explotación acelerada de los recursos naturales. Ninguno alcanza los votos para evitar una segunda vuelta, pero ambos concentran el apoyo mediático y empresarial.
El Movimiento al Socialismo, debilitado por divisiones internas y la proscripción de Evo Morales, llega a la contienda en su punto más bajo. La campaña por el voto nulo impulsada por Morales, aunque criticada por algunos sectores, pone sobre la mesa una verdad incómoda. Como afirman varios analistas, el sistema electoral actual está configurado para perpetuar una alternancia controlada entre élites económicas, sin ofrecer una alternativa real a los sectores populares.
En este contexto, la crisis económica —inflación alta, escasez de combustibles, fuga de divisas— se utiliza como pretexto para justificar políticas de ajuste que amenazan con desmantelar lo que queda del Estado Plurinacional y su control soberano sobre sectores estratégicos.
Bolivia no solo se juega quién ocupará el Palacio Quemado; se juega si conservará su capacidad de decidir sobre su propio destino. Frente a un escenario de posible restauración conservadora, la tarea urgente para las fuerzas populares es reorganizarse, reconectar con las demandas sociales y defender, con todos los medios democráticos, la soberanía económica y política conquistada en los últimos 20 años.




























