La reunión de cancilleres de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en el marco del 80° período de sesiones de la Asamblea General de la ONU expresó, entre otras cosas, que la región no está dispuesta a guardar silencio frente al despliegue militar de EEUU en el sur del mar Caribe, ni frente a las amenazas que pesan sobre Venezuela.
La canciller colombiana Rosa Yolanda Villavicencio, en ejercicio de la presidencia pro tempore, condujo un encuentro que, más que diplomático, fue político. Ello es debido a que se planteó la necesidad de reafirmar la Zona de Paz proclamada en La Habana en 2014 y, con ella, la vocación latinoamericana y caribeña de resolver sus diferencias sin injerencias externas.
Una vieja sombra sobre el continente
El movimiento de buques y aeronaves estadounidenses en aguas caribeñas revive el patrón histórico referente al uso de la fuerza por parte de Washington para ejercer la hegemonía en su exterior cercano. Hoy el blanco es Venezuela, pero el mensaje trasciende a Caracas. En este sentido, este contexto da muestras de que el hemisferio occidental sigue siendo considerado, en la visión de poder de EE.UU., un patio trasero.
No obstante ello, los tiempos han cambiado. A diferencia de décadas anteriores, América Latina y el Caribe cuentan con mecanismos de coordinación política que permiten elevar una voz común. Esa voz expresada en Nueva York cuestiona no solo la amenaza militar, sino también el impacto que semejante gesto puede tener en la estabilidad continental.
La apuesta por la soberanía
Los ministros de Exteriores presentes no se limitaron a señalar el riesgo de una escalada bélica. Subrayaron que cualquier acción unilateral contra Venezuela sería percibida como una agresión contra toda la región. Y ese es, quizás, el mensaje más contundente, ya que la soberanía no es negociable y ningún país debe ser sometido a presiones militares o económicas que lesionen su derecho a decidir su destino.
La CELAC optó por reafirmar su compromiso con el multilateralismo y el derecho internacional. En contraposición, Washington insiste en una política de presión que, lejos de aislar a Caracas, multiplica los reflejos de unidad y resistencia en el entorno regional. En el fondo, lo que está en disputa no es solo Venezuela, sino la capacidad de América Latina de sostener su autonomía en un escenario mundial marcado por la multipolaridad.
El desafío que viene
La declaración de la CELAC es, en sí misma, un acto político de resistencia. Pero el verdadero desafío será sostener esa posición más allá de los comunicados. Si el bloque logra convertir este consenso en una estrategia duradera, podrá consolidarse como un contrapeso regional frente a las lógicas hegemónicas que aún persisten.
Como recordó Villavicencio, la historia de América Latina ha estado marcada por intervenciones externas. La pregunta ahora es si la región está dispuesta a repetir ese ciclo o a escribir uno distinto, uno donde la paz y la soberanía dejen de ser principios declamados para convertirse en práctica cotidiana.




























