El mapa político peruano empezó a dibujarse en medio de una noche cargada de incertidumbre. Con el conteo oficial todavía lejos de completarse, los primeros avances difundidos por la ONPE colocaron a Keiko Fujimori al frente de la elección presidencial, seguida por Rafael López Aliaga, mientras Jorge Nieto se mantenía expectante en la pelea por entrar a una eventual segunda vuelta. Ricardo Belmont aparecía detrás, en un escenario todavía inestable por la magnitud de votos pendientes.
La tendencia parcial, sin embargo, no alcanzaba para clausurar la discusión. La propia actualización del organismo electoral mostraba que una porción decisiva de las actas aún no había sido incorporada, de modo que el tablero seguía abierto y cualquier lectura definitiva resultaba prematura. En otras palabras, más que una definición, lo que dejó la madrugada fue una fotografía transitoria de una elección atravesada por la fragmentación y la volatilidad.
El dato político más fuerte de estas horas es que Fujimori volvió a colocarse en el centro de la escena nacional. Pero el avance de López Aliaga y la cercanía de Nieto evidencian que la disputa por el segundo boleto sigue sin resolverse. Ese triple pelotón de cabeza confirma, además, que el electorado peruano continúa moviéndose en un clima de dispersión, sin mayorías consolidadas y con una competencia marcada por diferencias estrechas.
La jornada no estuvo atravesada solamente por la pulseada entre candidaturas. También quedó marcada por problemas logísticos que alteraron el normal desarrollo de la votación. Distintos reportes señalaron que 211 mesas no pudieron instalarse en tiempo y forma por demoras en la llegada del material electoral, una situación que afectó a decenas de miles de personas y obligó a extender el horario de sufragio en los locales comprometidos.
Ese episodio introdujo una sombra sobre el cierre de la jornada y convirtió la organización electoral en parte de la noticia. Más allá de quién termine imponiéndose en el conteo final, el proceso dejó expuesta una dificultad básica del sistema, garantizar que todos los electores puedan votar en condiciones normales y dentro del plazo previsto. En una elección ya de por sí atomizada, cada mesa demorada pasó a tener peso político propio.
Con el escrutinio todavía en marcha, Perú amaneció sin una definición cerrada pero con la certeza de que el recuento seguirá reordenando expectativas y tensiones. La elección quedó abierta, el balotaje todavía no tiene nombres asegurados y el desenlace dependerá de cómo impacten las actas que restan contabilizarse. Por ahora, el país sigue votando también en el conteo.




























