Por Santiago Caetano
Con el retorno del Frente Amplio al Gobierno, Uruguay ha dado señales de que pretende reorientar su política exterior hacia un mundo multipolar. En el centro de esa estrategia aparece el ambicioso objetivo de profundizar los vínculos con el bloque BRICS y consolidar al país como un actor puente entre América del Sur y el llamado “Mundo Emergente”.
De la apertura unilateral a la inserción estratégica.
Durante la presidencia de Luis Lacalle Pou, Uruguay insistió en una política aperturista, especialmente a partir del vínculo con China, apostando a negociaciones por fuera del Mercosur. Sin embargo, esta estrategia no sólo generó fricciones con los socios regionales, sino que también mostró resultados limitados. Con el cambio de Gobierno, el país parece girar hacia una inserción internacional más coordinada, compatible con los objetivos regionales y con los nuevos espacios de poder global.
Mario Lubetkin, actual canciller y exrepresentante de Uruguay ante la FAO, es una de las voces más firmes en esta nueva etapa. En una reciente entrevista, señaló que:
“El gobierno dará prioridad a la integración con el sur global, cuyos integrantes están en crecimiento.”
“… nos dará la oportunidad de participar en ámbitos estratégicos y mejorar las relaciones bilaterales con cada uno de los países [del BRICS], generando oportunidades para nuestras exportaciones, la cooperación estratégica en ciencia e innovación y para que ayude al desarrollo integral de nuestro país.”
“No antepondremos la ideología a la política exterior.”
Estas declaraciones dejan en claro que la aproximación a los BRICS —ahora ampliados con países como Arabia Saudita, Irán, Egipto y Etiopía— no responde a alineamientos ideológicos, sino a una evaluación pragmática de dónde están creciendo las oportunidades comerciales, financieras y tecnológicas para un país como Uruguay.
La asociación con el bloque BRICS podría representar para el país varios beneficios estratégicos:
– Diversificación de socios financieros: El Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), presidido por Dilma Rousseff, ofrece líneas de crédito para infraestructura, energías renovables y desarrollo productivo, sin las condiciones fiscales de los organismos multilaterales tradicionales.
– Acceso a mercados ampliados: India, China y Rusia son mercados con alta demanda de alimentos y servicios logísticos, sectores donde Uruguay puede ofrecer ventajas comparativas.
– Colaboración en innovación y tecnología: La cooperación Sur-Sur impulsada por los BRICS incluye iniciativas en ciencia aplicada, salud pública, educación y digitalización, ámbitos clave para el desarrollo sostenible uruguayo.
Si bien este grupo de potencias emergentes no está exento de tensiones internas y desafíos geopolíticos, su consolidación como contrapeso del G7 es cada vez más evidente. Uruguay, con su perfil de país estable, institucionalmente sólido y especializado en sectores estratégicos como alimentos, energías limpias y logística, puede encontrar en ese bloque un nuevo eje de inserción internacional, sin abandonar su tradición diplomática ni su identidad regional.
En este marco, el actual Gobierno parece entender que el mundo ya no gira exclusivamente en torno a Bruselas y Washington, y que el Sur Global se está convirtiendo en un espacio cada vez más decisivo en este siglo XXI. Apostar a los BRICS —sin dejar de lado los vínculos históricos con Occidente— es parte de esa lectura estratégica.




























