Trump contra Venezuela: la revolución bolivariana frente al último manual del imperialismo

*Por Fabián Cardozo

El ataque sistemático de Donald Trump contra Venezuela no fue un exabrupto aislado ni una anomalía diplomática: fue la expresión descarnada de una política imperial que, una vez más, colocó a América Latina como patio trasero. Bajo el eufemismo de “defensa de la democracia”, Estados Unidos desplegó entre 2017 y 2021 una estrategia de asfixia económica, deslegitimación política y amenaza directa contra la vida institucional venezolana, con el objetivo explícito de derrocar a la revolución bolivariana.

Los datos son elocuentes. Durante la administración Trump se aplicaron más de 900 sanciones contra Venezuela. No fueron sanciones “quirúrgicas” ni “inteligentes”, como pretendió vender Washington, sino un bloqueo financiero y petrolero que golpeó el corazón de la economía. Según la OPEP, los ingresos petroleros se desplomaron de decenas de miles de millones de dólares anuales a mínimos históricos. El propio relator especial de la ONU, Alena Douhan, advirtió que estas medidas unilaterales agravaron la crisis humanitaria y violaron principios básicos del derecho internacional.

Pero el castigo económico no fue el único frente. En 2019, Trump reconoció a un diputado sin poder real ni respaldo electoral como “presidente encargado”, en una maniobra que rozó el grotesco institucional. Estados Unidos y sus aliados intentaron fabricar un poder paralelo, confiscar activos venezolanos en el exterior y quebrar la cohesión interna del Estado. El resultado fue un fracaso político que dejó en evidencia los límites del libreto intervencionista.

Más grave aún fueron las denuncias de planes de captura y magnicidio contra el presidente Nicolás Maduro. La llamada Operación Gedeón, en 2020, no fue una fantasía propagandística: mercenarios entrenados, contratos firmados, financiamiento privado y vínculos con sectores opositores quedaron documentados. Los propios involucrados declararon que uno de los objetivos era capturar al jefe de Estado venezolano. Que ese intento haya fracasado no lo vuelve menos grave. En cualquier país del mundo, un hecho así sería calificado sin matices como terrorismo político.

Trump nunca ocultó su desprecio por la soberanía venezolana. “Todas las opciones están sobre la mesa”, repetía, en una amenaza directa de intervención militar. Esa frase, pronunciada desde el centro del poder global, no es retórica: es una advertencia colonial. Frente a ese escenario, la revolución bolivariana no solo resistió, sino que sobrevivió políticamente, sostuvo la institucionalidad y preservó el control territorial del país.

Para sus detractores, el chavismo debía caer por inanición. No ocurrió. Para sus defensores, esa resistencia es una prueba histórica de que, aun en condiciones extremas, un proyecto político con raíces populares puede sostenerse frente al ataque externo. La recuperación económica parcial registrada tras el alivio de algunas sanciones en los últimos años confirma una verdad incómoda para Washington: el principal obstáculo para el desarrollo venezolano no fue el “modelo”, sino el bloqueo.

El caso venezolano desnuda una doble vara moral. Estados Unidos habla de democracia mientras promueve golpes, sanciones y gobiernos ficticios. Habla de derechos humanos mientras aplica castigos colectivos. Habla de legalidad internacional mientras la viola cuando no le conviene. En ese contexto, la revolución bolivariana se convierte en un símbolo de soberanía política frente a un orden global injusto.

Trump no atacó a Maduro por autoritario; lo atacó por no obedecer. Y ese es un mensaje que América Latina conoce demasiado bien. Defender a Venezuela hoy no es solo una cuestión ideológica: es defender el derecho de los pueblos a decidir su propio destino sin tutelajes imperiales.

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