Miles de productores rurales de todo el continente europeo volvieron a convertir a Bruselas en escenario de una protesta de alto voltaje político. Agricultores provenientes de los 27 Estados miembros de la Unión Europea se concentraron en el Barrio Europeo para rechazar el acuerdo de libre comercio entre la UE y el Mercosur, al que acusan de profundizar un modelo neoliberal que sacrifica la producción local, la soberanía alimentaria y los derechos sociales en nombre de la liberalización comercial.
La movilización coincidió con la cumbre anual de jefes de Estado y de Gobierno del bloque, lo que tensó aún más el clima político en la capital belga. Las organizaciones del sector buscaron así interpelar directamente a una dirigencia comunitaria atravesada por disputas internas, crisis de legitimidad y crecientes dificultades para sostener un proyecto económico común frente a los vaivenes del propio bloque europeo.
La protesta fue convocada por el Comité de Organizaciones Agrarias y Cooperativas comunitarias (Copa-Cogeca), que había planteado inicialmente una manifestación a pie. Sin embargo, la llegada de cerca de un millar de tractores —principalmente desde Francia y Bélgica— desbordó el esquema previsto y paralizó amplias zonas de la ciudad. Pasado el mediodía se produjeron enfrentamientos aislados, cuando la Policía recurrió a gases lacrimógenos y cañones de agua para dispersar a algunos grupos.
Desde el sector agrario denunciaron que el acuerdo con el Mercosur “traiciona los intereses de los granjeros, los trabajadores y los consumidores europeos”, al tiempo que advirtieron sobre sus impactos ambientales. El eje de la preocupación está puesto en lo que definen como una “competencia desleal”, al considerar que el tratado abriría las puertas del mercado comunitario a productos latinoamericanos más baratos y sometidos —según su visión— a estándares productivos menos exigentes.
Estas expresiones de malestar no son un fenómeno aislado. Durante 2024, el campo europeo protagonizó una oleada de protestas que dejó al descubierto el agotamiento de un modelo que, bajo el discurso de la competitividad global, favorece a las grandes corporaciones agroindustriales y financieras en detrimento de los pequeños y medianos productores.
En ese marco, los agricultores también reclamaron el retiro inmediato de la propuesta de la Comisión Europea que plantea un recorte del 22 por ciento en los fondos de la Política Agraria Común (PAC), una herramienta histórica de sostenimiento del sector rural. Para los manifestantes, este ajuste confirma una orientación neoliberal que desprotege a quienes garantizan la alimentación de los pueblos.
Mientras Bruselas debate acuerdos comerciales y ajustes presupuestarios, la protesta puso en evidencia una frente a una profunda contradicción, referente a la fragilidad del proyecto europeo frente a su propia crisis interna y la incapacidad de ofrecer horizontes de desarrollo inclusivo.
En contraste, desde América Latina se señala la necesidad de repensar las relaciones internacionales desde la cooperación y la complementariedad, mirando con atención alternativas como la que propone China en el escenario global, basada en la inversión productiva, la planificación estratégica y el respeto a la soberanía.
Desde esta perspectiva, la integración con otros bloques no debería reproducir viejas lógicas de subordinación ni abrir paso a nuevas asimetrías, sino avanzar hacia esquemas que fortalezcan el desarrollo de los pueblos, la soberanía alimentaria y un orden internacional menos sometido a los dogmas del libre mercado.




























